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“El Mundo” y la “pelontología”

Voy a tratar de ser como ese maestro de la canela fina que es LMA, periodista —siempre a vueltas con su «ABC verdadero»— y académico (si bien siamés, pues entró en la docta casa de la calle de Felipe IV en la misma tacada que su rival y ‘paisano’ JLC, supongo que para equilibrar: la física de los medios), siempre tan elegante y atildado (no se vaya a pensar mal, que lo digo por haber eliminado la tilde de su apellido), aunque me imagino que no voy a pasar de la fórmula de entrada: tengo para mí que si bien (parece ser un hecho que) ya no hay correctores con piernas en los periódicos, los correctores con piernas (está claro que) se divierten con los periódicos.

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En “El País”, la portada, inmaculada, o no…

Como siga esto así, estos atribulados uniqueros que me han dado vela —porque la cosa se va pareciendo a un entierro… de la corrección— e imagen, y que ahora pasean tan contentos por tazas e imanes como si de un ídolo se tratase, me van a tener que incluir en plantilla, porque ya van peligrando mis facturadas matrices, exiguas en todo caso. Porque Erasmo Cejota ante todo es corrector, de los de facturar (poco) por matrices. Lo de «justiciero» es un atributo más bien pintoresco, como la capa forgiana, y que le hace poca justicia en honor a la verdad.

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“La Vanguardia” y su “Dinero”

Quieren los que pueden que me traslade, con mi capa y caperuza de colorado subido y esas antenas con las iniciales que dan nombre a mi atribulado ser, a Cataluña. Y no porque allí estén en pleno proceso electoral, que valiente crónica podría pergeñar, sino porque en uno de sus diarios señeros –palabra que les ha de ser simpática a los catalanes que hablen castellano, aunque hasta sueñen y canten en la ducha en catalán, porque está muy próxima al siempre alabado seny o a la ahora agitada como nunca senyera, estrellada o no– se ha encontrado caza para esos cazadores inasequibles al desaliento que los ‘uniqueros’ son, o están (aquí vendría de perillas, si es que todavía se entiende la locución, ese recurso tan caro a los anglosajones de plantar una raya y quedarse tan anchos y ni preocuparse de cerrarla).

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