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No creo que ninguno de los improbables lectores se sorprenda si desvelo que este Justiciero de tres al cuarto no es muy aficionado a esas grandes superficies en las que venden de todo, incluida el alma de los supuestos compradores; lo suyo es más del comercio pequeño, esa especie en vías de extinción por mor de los hipermercados por la parte de arriba y por las tiendas de los chinos por la de abajo, con la crisis de salsa tenebrosa; ese en el que mientras duren le saludan por su nombre de pila apenas pone un pie en la puerta, le preguntan por la familia y hasta por el perro, saben lo que suele comprar —y cómo lo cocina y cuándo se lo come— y puede pegar la hebra, que le pierde, más que nada porque así no parece que está en medio de una transacción comercial, que le abruma casi tanto como oírse hablar en lo que parece inglés.

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Aunque el tiempo vuela, y acaso más desde que se sabe curvo, diría que hace no muchos días que ese SAMUR de la lengua que es la Fundéu nos administró a los que padecemos carencias, un malestar que no todos reconocen que les afecta, y menos en estos tiempos de abundancias digitales, una de sus píldoras diarias —con excipientes dulcesabe y biensevé que las transforman en recomendaciones, más acordes con los tiempos suaves que vivimos— para poner las cosas en su sitio o dar carta de naturaleza a los neologismos que van brotando como hongos: esto lo suele hacer, ya se sabe, apelando al principio activo de estar «bien formados» de acuerdo con las reglas de formación de palabras de esta lengua que acaba de cumplir tres centurias bajo el esmerado cuidado de la Real Academia Española, más conocida por RAE, dispuesta a limpiar, fijar y dar esplendor (¿y por qué no «esplendorear», que tiene toda la pinta de estar también bien apañada?)… aunque a juzgar por las críticas que levanta, no siempre lo consigue, no ya el ambicioso todo, sino ni lo uno ni lo otro ni lo de más acá.

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Voy a tratar de ser como ese maestro de la canela fina que es LMA, periodista —siempre a vueltas con su «ABC verdadero»— y académico (si bien siamés, pues entró en la docta casa de la calle de Felipe IV en la misma tacada que su rival y ‘paisano’ JLC, supongo que para equilibrar: la física de los medios), siempre tan elegante y atildado (no se vaya a pensar mal, que lo digo por haber eliminado la tilde de su apellido), aunque me imagino que no voy a pasar de la fórmula de entrada: tengo para mí que si bien (parece ser un hecho que) ya no hay correctores con piernas en los periódicos, los correctores con piernas (está claro que) se divierten con los periódicos.

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Como siga esto así, estos atribulados uniqueros que me han dado vela —porque la cosa se va pareciendo a un entierro… de la corrección— e imagen, y que ahora pasean tan contentos por tazas e imanes como si de un ídolo se tratase, me van a tener que incluir en plantilla, porque ya van peligrando mis facturadas matrices, exiguas en todo caso. Porque Erasmo Cejota ante todo es corrector, de los de facturar (poco) por matrices. Lo de «justiciero» es un atributo más bien pintoresco, como la capa forgiana, y que le hace poca justicia en honor a la verdad.

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Quieren los que pueden que me traslade, con mi capa y caperuza de colorado subido y esas antenas con las iniciales que dan nombre a mi atribulado ser, a Cataluña. Y no porque allí estén en pleno proceso electoral, que valiente crónica podría pergeñar, sino porque en uno de sus diarios señeros –palabra que les ha de ser simpática a los catalanes que hablen castellano, aunque hasta sueñen y canten en la ducha en catalán, porque está muy próxima al siempre alabado seny o a la ahora agitada como nunca senyera, estrellada o no– se ha encontrado caza para esos cazadores inasequibles al desaliento que los ‘uniqueros’ son, o están (aquí vendría de perillas, si es que todavía se entiende la locución, ese recurso tan caro a los anglosajones de plantar una raya y quedarse tan anchos y ni preocuparse de cerrarla).

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