Archivos

¡Hasta siempre, Forges!

Hemos amanecido hoy con la tristísima noticia del fallecimiento de Forges. En UniCo le estaremos eternamente agradecidos por habernos regalado...

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Ortografía: ni contigo ni sin ti

Aunque por aquello del oficio uno se enfrenta a un buen número de géneros literarios casi a diario, debo reconocer que siento una especial inclinación hacia la poesía, desde la medieval a la contemporánea (a excepción de determinados engendros que, por usar a placer el tabulador y la tecla Intro, el autor decide incluir en este género pese a no ser más que prosa en juliana).

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El ‘Diccionario’ y sus polémicas

No es oro todo lo que reluce, ni toda la gente errante anda perdida. (J. R. R. Tolkien)

En muchas ocasiones, soy testigo de cómo profesio­nales y legos en esto de la lengua ponen a la ínclita Real Academia Española a caer de un burro por tener demasiada «manga ancha» a la hora de admi­tir según qué términos en su Diccionario.

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Horror en el hipermercado

Aunque este que les habla sea un superhéroe justiciero con capa y antifaz, también tiene necesidades tan terrenas como dormir y, sobre todo, comer —esta vista de lince y este olfato para la caza de erratas necesitan algo más que lecturas—.

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La Casa del Libro no lee

Este corrector dizque justiciero quiere hacer constar desde el frontispicio, como diría un orador de pueblo y más de oídas que de leídas, que no tiene ningún parentesco con quien pilota como se va viendo, y por lo que se lamenta, bien a su pesar, la muy lastrada nave de marca, ante todo marca, que quieren que sea España. Y lo dice porque puede dar la impresión de que anda adormeciéndose, indolente y ausente, por las esquinas —al menos no va enrabiándose por las mismas, y valga la tan tonta como ubicua excrecencia a la moda, para que se vea el horrible efecto—.

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La cosa de Orange

¡Qué venganza más esperada y no precisamente fría! Los inquietos responsables de comunicación de Orange —todos los que se encargan de ese mercado parece que han de serlo, como inquisitivos y discretos los espías de toda laya— van a recibir con esta entrega lo que ellos endilgan al común de los mortales (menos a Javier Marías, claro, que abomina de artilugios tales, encastillado y displicente en su Reino de Redonda) cuando nos bombardean con sus tarifas, cada una con sus condiciones y exclusiones e infinidad de letra pequeña de verdad que nadie tiene tiempo ni ganas de leer.

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Hacerse el sueco…

No creo que ninguno de los improbables lectores se sorprenda si desvelo que este Justiciero de tres al cuarto no es muy aficionado a esas grandes superficies en las que venden de todo, incluida el alma de los supuestos compradores; lo suyo es más del comercio pequeño, esa especie en vías de extinción por mor de los hipermercados por la parte de arriba y por las tiendas de los chinos por la de abajo, con la crisis de salsa tenebrosa; ese en el que mientras duren le saludan por su nombre de pila apenas pone un pie en la puerta, le preguntan por la familia y hasta por el perro, saben lo que suele comprar —y cómo lo cocina y cuándo se lo come— y puede pegar la hebra, que le pierde, más que nada porque así no parece que está en medio de una transacción comercial, que le abruma casi tanto como oírse hablar en lo que parece inglés.

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¡Valiente telefonazo!

Aunque el tiempo vuela, y acaso más desde que se sabe curvo, diría que hace no muchos días que ese SAMUR de la lengua que es la Fundéu nos administró a los que padecemos carencias, un malestar que no todos reconocen que les afecta, y menos en estos tiempos de abundancias digitales, una de sus píldoras diarias —con excipientes dulcesabe y biensevé que las transforman en recomendaciones, más acordes con los tiempos suaves que vivimos— para poner las cosas en su sitio o dar carta de naturaleza a los neologismos que van brotando como hongos: esto lo suele hacer, ya se sabe, apelando al principio activo de estar «bien formados» de acuerdo con las reglas de formación de palabras de esta lengua que acaba de cumplir tres centurias bajo el esmerado cuidado de la Real Academia Española, más conocida por RAE, dispuesta a limpiar, fijar y dar esplendor (¿y por qué no «esplendorear», que tiene toda la pinta de estar también bien apañada?)… aunque a juzgar por las críticas que levanta, no siempre lo consigue, no ya el ambicioso todo, sino ni lo uno ni lo otro ni lo de más acá.

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“El Mundo” y la “pelontología”

Voy a tratar de ser como ese maestro de la canela fina que es LMA, periodista —siempre a vueltas con su «ABC verdadero»— y académico (si bien siamés, pues entró en la docta casa de la calle de Felipe IV en la misma tacada que su rival y ‘paisano’ JLC, supongo que para equilibrar: la física de los medios), siempre tan elegante y atildado (no se vaya a pensar mal, que lo digo por haber eliminado la tilde de su apellido), aunque me imagino que no voy a pasar de la fórmula de entrada: tengo para mí que si bien (parece ser un hecho que) ya no hay correctores con piernas en los periódicos, los correctores con piernas (está claro que) se divierten con los periódicos.

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