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¡Valiente telefonazo!

Aunque el tiempo vuela, y acaso más desde que se sabe curvo, diría que hace no muchos días que ese SAMUR de la lengua que es la Fundéu nos administró a los que padecemos carencias, un malestar que no todos reconocen que les afecta, y menos en estos tiempos de abundancias digitales, una de sus píldoras diarias —con excipientes dulcesabe y biensevé que las transforman en recomendaciones, más acordes con los tiempos suaves que vivimos— para poner las cosas en su sitio o dar carta de naturaleza a los neologismos que van brotando como hongos: esto lo suele hacer, ya se sabe, apelando al principio activo de estar «bien formados» de acuerdo con las reglas de formación de palabras de esta lengua que acaba de cumplir tres centurias bajo el esmerado cuidado de la Real Academia Española, más conocida por RAE, dispuesta a limpiar, fijar y dar esplendor (¿y por qué no «esplendorear», que tiene toda la pinta de estar también bien apañada?)… aunque a juzgar por las críticas que levanta, no siempre lo consigue, no ya el ambicioso todo, sino ni lo uno ni lo otro ni lo de más acá.

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