Corrigere 7: cuando la filología se sube al escenario

Imagen: Cristina Illamola / UniCo

El viernes 21 me escapé a la Ciudad Condal para asistir a la séptima edición de Corrigere. Iba camufladísimo, por lo que creo que nadie me reconoció. Eso sí, no fui a vigilar comas rebeldes: fui a escuchar, a aprender y, sobre todo, a confirmar algo que llevo años defendiendo a capa (roja) y espada: que corregir es mucho más que saber ortografía.

La jornada comenzó con Gastón Gilabert y su conferencia sobre edición del teatro clásico; en ella habló de errores separativos, enmiendas necesarias y decisiones editoriales que no siempre son blancas o negras. Porque, cuando trabajamos con textos del Siglo de Oro, la corrección se convierte en un delicado equilibrio entre filología, criterio y contexto. Y ahí la filología, lejos de ser una disciplina que algunos se empeñan en demostrar que huele a cerrado y a obsolescencia, se muestra viva, práctica y absolutamente necesaria.

Después, Álvaro Martín habló con claridad de algo que todos sabemos, pero pocas veces se verbaliza: no es lo mismo corregir para editoriales que para clientes individuales. Entre otras cosas, las editoriales llegan con guías de estilo y procesos definidos, mientras que los clientes individuales pueden ser más exigentes, inseguros o dependientes de nuestro criterio.

Asimismo, insistió en la importancia de ser flexibles, de saber adaptarse cuando dos normas se contradicen y de justificar decisiones con profesionalidad. Remató con algo que yo siempre aplaudo: la necesidad de trabajar en red y tejer comunidad. Ahí está la fortaleza del oficio.

Entre sesión y sesión, el teatro tomó la palabra. Literalmente. Las lecturas dramatizadas fueron un recordatorio magnífico de que el texto no termina en la página: cobra sentido en la voz y en la escena. Y, creedme, escuchar un texto leído en alto es uno de los mejores exámenes que puede pasar una corrección. Si no funciona ahí, algo falla.

Esther Acereda, por su parte, nos habló de una de nuestras armas secretas: los recursos; es fundamental que los correctores no solo conozcan las referencias, sino que sepan dónde, cómo y cuándo consultar.

Por la tarde llegó uno de los mensajes clave del día: no todo vale para todos los textos. En el taller sobre corrección especializada de Susana Sierra, quedó clarísimo que una formación general no convierte a nadie en corrector universal. El texto dramático tiene normas propias, ritmos específicos y convenciones ortotipográficas que no se pueden tratar como si fueran narrativa o ensayo. Especializarse no es encerrarse: es trabajar mejor y ofrecer más calidad.

La tarde siguió con una segunda lectura dramatizada; en ella, el humor, la crítica social y la palabra bien medida nos mostraron hasta qué punto el poder puede sostenerse sobre la ignorancia 

Para rematar la jornada (y después de un sorteo en el que algunos agraciados se fueron a casa con un nuevo libro entre las manos), llegó el debate sobre el estado de la corrección. Se habló, entre otras cosas, de la tensión eterna entre la norma y la intención artística del autor. En el ámbito teatral, esto se vuelve aún más evidente: la gramática importa, sí, pero también importa la voz del personaje, el ritmo de la escena o el mensaje que quiere transmitir un director. La corrección no puede imponerse como un rodillo; tiene que dialogar con el arte. Y ese diálogo, cuando se hace bien, enriquece el resultado.

El debate también abordó la repercusión de la inteligencia artificial generativa en el sector editorial. Hubo espacio para la reflexión, la preocupación y el sentido práctico: la IA puede detectar patrones, pero no interpreta matices; puede ofrecer opciones, pero no comprende intenciones, y puede agilizar procesos, pero no aporta humanidad. Precisamente por eso se insistió en la necesidad de que el gremio actúe, se organice y mantenga viva la llama del oficio. Las asociaciones, la colaboración y la acción conjunta pueden marcar la diferencia en la manera de entender —y remunerar— nuestro trabajo.

Salí de Corrigere con varias certezas bajo el brazo:

  • que la corrección necesita formación continua;
  • que la especialización es una fortaleza, no una manía,
  • y que los textos, cuando se cuidan bien, funcionan mejor tanto en el papel como en el escenario.

En resumen: menos «yo corrijo de todo» y más criterio profesional. ¡Y larga vida al teatro!

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