Foto: cottonbro studio (Pexels)
Llevo casi un mes recibiendo los típicos correos de «fuera de oficina». Puede parecer que son todos prácticamente iguales; sin embargo, este verano he detectado dos especies que no se parecen en nada por fuera, pero sí comparten algo por dentro.
La primera es la de siempre: la de quien lo escribe con la maleta ya cerrada. «Estare fuera hasta el 15, contestare cuando pueda encuanto vuelva». Esto se entiende a duras penas (y solo porque el cerebro humano es capaz de rellenar los huecos que deja el texto). Es un fallo por defecto: falta tiempo, falta atención y falta mimo. No es sorprendente, pero sí un poco incómodo.
La segunda especie es la que me interesa de verdad este año, porque es reciente y casi nadie la vigila: el correo de «fuera de oficina» que ya no escribe una persona con prisa, sino una IA con todo el tiempo del mundo. Algo así: «Actualmente me encuentro fuera de la oficina y no podré atender su consulta de manera inmediata. Agradezco de antemano su compresión y le contactaré a la mayor brevedad posible tras mi reincorporación». Fijaos bien: parece que está todo correcto, pero aparece compresión en vez de comprensión, el mismo tipo de error que antes solo cometía una persona despistada. También está ese a la mayor brevedad que la RAE censura, pero que tan frecuente es. La diferencia radica en que se suele dar por sentado que lo que genera una máquina no necesita que nadie lo revise después.
Ese es el fallo por exceso y, desde luego, resulta más peligroso que el primero, precisamente porque pasa más desapercibido. El texto no parece atropellado, tiene una sintaxis correcta y un aire de eficiencia que inspira confianza; esa misma apariencia de corrección es la que hace que nadie vuelva a leerlo. Dejamos de cuestionar un texto en el momento exacto en que empieza a sonar bien, y ese es justo el momento en que más falta hace alguien que lo lea con ojo profesional, pues un error dentro de un texto que suena impecable es más fácil que pase desapercibido, mientras que el mismo error dentro de un texto escrito con prisa se ve venir de lejos.
Asimismo, hay un segundo problema en el texto de la IA que no tiene nada que ver con la ortografía o la gramática: no dice nada de la empresa o la persona que lo firma. Es genérico e intercambiable; podría salir de cualquier bandeja de entrada del planeta. Ha resuelto el problema de la corrección aparente, pero ha creado uno nuevo, el de la voz: nadie reconocería esa frase como propia de una marca o un individuo en concreto, porque no lo es.
Aquí es donde entra lo que hacemos los correctores y por qué no cambia según el origen del primer borrador. Da igual si el texto llega con prisa y erratas, o pulido y sin ellas: nuestro trabajo es el mismo, revisar con criterio humano algo que, por defecto o por exceso de confianza, nadie más ha revisado. Detectamos el error que se esconde detrás de una sintaxis perfecta, al tiempo que devolvemos al texto una voz que ni la prisa ni el algoritmo pueden fabricar por sí solos.
La prisa nunca ha engañado a nadie; la aparente perfección, sí. Ese es el fuera de oficina que de verdad me preocupa este verano.
