Foto: Splitshire (Pexels)
Hay algo profundamente reconfortante en encender la radio y no tener que fijar la vista en nada.
En un mundo donde todo parpadea, vibra y exige atención inmediata, la radio sigue ahí, discreta. No compite por la retina ni nos exige que le dediquemos los cinco sentidos; tampoco nos pide que hundamos la cabeza en una pantalla mientras el resto de la vida ocurre a nuestro alrededor. Simplemente suena y nos acompaña (que no es poco).
Hoy, en el Día Mundial de la Radio, quiero dedicar unas palabras a ese medio que ha sabido mantenerse fiel a la palabra en la era de la imagen frenética. Quienes trabajamos con textos sabemos lo que implica sostener un mensaje sin apoyos visuales. Cuando solo hay voz, no hay distracción posible que tape una frase mal construida; tampoco hay gráfico alguno que suavice una explicación confusa. No hay montaje visual que oculte un dato impreciso. En la radio, la palabra se defiende sola, y eso exige cuidado.
Detrás de cada boletín informativo que se entiende a la primera, de cada entrevista que fluye con naturalidad o de cada crónica que nos hace pensar, hay un guion trabajado, decisiones sintácticas, precisión léxica y, desde luego, ritmo. La radio tiene música, sí, pero también puntuación: se hacen pausas que equivalen a comas y hay silencios que funcionan como puntos y aparte.
En la Unión de Correctores lo sabemos bien. No es casualidad que entre nuestros socios de honor haya profesionales muy vinculados a las ondas, como Pepa Fernández o Isaías Lafuente, cuya trayectoria demuestra que el rigor y la cercanía no están reñidos. Quienes viven de la palabra hablada suelen tener una conciencia muy clara de la responsabilidad que implica usarla.
La radio respeta al oyente cuando no le obliga a esforzarse de más para entender ni recarga el discurso innecesariamente; lo mismo sucede cuando no confunde espectacularidad con claridad. Ese respeto empieza mucho antes de que se encienda el micrófono: empieza en el texto.
Alguna vez hemos comentado que la corrección puede llegar a verse como un trabajo frío, casi quirúrgico. Yo no lo veo así; corregir es acompañar el mensaje hasta que puede valerse por sí mismo. Es eliminar lo superfluo para que lo importante respire y asegurarse de que cada palabra cumple su función. En la radio pasa igual: aunque se trabaja con la palabra hablada, también se nota cuando la información llega limpia, al igual que cuando la narración avanza con naturalidad y la emoción no necesita mayúsculas.
En esta época de consumo acelerado y estímulos constantes, la radio nos ofrece algo que escasea: escucha. Escuchar implica tiempo y atención, además de confianza en que lo que se dice merece ser oído. Y esa confianza solo se construye con coherencia y precisión.
Por eso hoy no quiero analizar ni reivindicar, sino agradecer, pues me enseñaron de pequeño que es de bien nacidos ser agradecidos. Hoy quiero dar las gracias a quienes siguen escribiendo guiones con mimo, a quienes revisan las cifras antes de leerlas en antena, a quienes entienden que una palabra mal elegida puede cambiar el sentido de una noticia y, desde luego, a quienes apuestan por la claridad cuando todo invita al ruido.
Quienes creemos en el poder de la palabra bien cuidada no podemos sino sentirnos aliados naturales de ese medio que, cada día, demuestra que hablar bien es también una forma de respeto. Por todo ello, gracias, radio, por seguir siendo refugio incluso cuando todo se apaga.
