Imagen: Mark Neal (Pexels)
Agosto es un mes curioso para los correctores. Para muchos, es sinónimo de maleta, playa y desconexión total. Para mí, es otra cosa: es trabajar con el aire acondicionado a tope, pero sin el runrún constante del correo electrónico ni las reuniones improvisadas. Es mirar el calendario y descubrir que, por una vez, el lunes y el viernes parecen estar de acuerdo en que la semana se pase sin sobresaltos.
Lo confieso: en julio fui yo quien cerró el chiringuito unos días. Guardé las gafas de cerca y cambié la pantalla del ordenador por la del libro electrónico a pie de playa. Sin embargo, ahora, de vuelta a la trinchera de las palabras, miro con un poco de envidia —sana, pero envidia— a quienes desaparecen del mapa durante todo agosto.
Aun así, trabajar en agosto me resulta especialmente placentero, pues este mes tiene un ritmo distinto. No hay tantas prisas de última hora, pero llegan esos textos raros que solo asoman cuando nadie más quiere encargarse: un manual de uso de una máquina con nombre impronunciable, una revista de barrio con entrevistas a vecinos ilustres o ese informe anual que alguien dejó «para más adelante» y ahora toca rescatar.
La calma de agosto me permite algo que en otros meses resulta casi un lujo: corregir con pausa, leer dos veces antes de decidir, y tomarme el tiempo de buscar la palabra exacta sin sentir que el reloj me persigue. Entre texto y texto, me descubro mirando por la ventana, viendo pasar familias cargadas de bártulos, rumbo a la playa. Y sonrío: ellos, al sol; yo, al papel o a la pantalla… Cada cual en su mundo.
En el fondo, trabajar en agosto tiene su encanto. No es que funcione a medio gas: es que el gas va más limpio, sin impurezas. Así pues, aunque a veces fantasee con cambiar mi escritorio por una hamaca, sé que este mes me regala algo que no siempre encuentro en temporada alta: silencio, espacio y criterio para corregir como a mí me gusta.
