Foto: cottonbro studio (Pexels)
A las chicas del UniCafé
Hay errores lingüísticos que irritan, mientras que otros más bien preocupan. Y hay una tercera categoría que directamente juega en otra liga: la de los malapropismos. Estos pertenecen a una categoría bien distinta: la de los deslices que, como correctores, nos obligan a hacer una pausa… para no reírnos demasiado fuerte.
Un malapropismo se produce cuando alguien utiliza una palabra que suena parecida a la correcta, pero cuyo significado es otro completamente distinto. El resultado suele ser involuntariamente cómico. Aquí no hablamos de una simple errata; hablamos de frases pronunciadas o escritas con absoluta seguridad, pero que producen efectos memorables.
El ejemplo más famoso en español probablemente sea este: «Me gustan los toreros que están en el candelabro». Pronunciada por la ínclita Sofía Mazagatos, la expresión ha pasado a la historia de los malapropismos mediáticos. La expresión correcta es «estar en el candelero»; no obstante, la versión alternativa se convirtió en un clásico inmediato por méritos propios.
Un fenómeno con siglos de historia
El nombre «malapropismo» procede del inglés malapropism, inspirado en Mrs. Malaprop, personaje de la comedia The Rivals (1775), de Richard Brinsley Sheridan. La señora Malaprop tenía la costumbre de utilizar palabras cultas, pero se equivocaba sistemáticamente; empleaba términos que sonaban refinados, pero que no significaban lo que ella creía.
El apellido del personaje deriva del francés mal à propos, que significa ‘fuera de lugar’. Y, desde luego, el término no podía ser más apropiado. Aunque la RAE aún no lo recoja en su diccionario —sí está, sin embargo, en el Diccionario de términos filológicos de Fernando Lázaro Carreter—, el fenómeno es antiguo. De hecho, Shakespeare ya hacía hablar así a algunos personajes cómicos; asimismo, en español encontramos confusiones parecidas en la tradición literaria y popular.
Dónde florecen los malapropismos
Los malapropismos aparecen con frecuencia en contextos muy concretos: por ejemplo, el lenguaje técnico (cuando alguien intenta usar terminología médica o científica sin dominarla) o el vocabulario culto (cuando se intenta utilizar una palabra elevada que no se conoce del todo). Muchas veces, ambos casos se solapan.
Por ejemplo:
- ursulina por insulina
- eslince por esguince
- aspirina fluorescente por efervescente
- inflación de tráfico por infracción,
- retumbancia por resonancia,
- coreografía por ecografía.
También pueden deberse a la presión de hablar rápido. Nuestro cerebro busca una palabra y encuentra otra parecida en sonido; esto da lugar a que la frase salga al mundo antes de que nadie pueda detenerla.
Lo fascinante de estos errores
Los malapropismos tienen un poder humorístico enorme porque combinan tres elementos:
- el hablante está convencido de haber dicho algo correcto e incluso culto,
- la palabra utilizada suena razonable,
- el significado resultante es absurdo o jocoso.
Para un corrector, estos momentos son delicados, pues hay que mantener la compostura profesional (aunque, eso sí, la mente registra el hallazgo para futuras anécdotas. Por puro interés lingüístico, no vayáis a pensar otra cosa).
Una pequeña lección lingüística
Más allá de la risa, los malapropismos nos recuerdan algo importante: el lenguaje no funciona como un diccionario perfectamente ordenado dentro de la cabeza. Nuestro cerebro organiza las palabras por sonido, asociaciones y contexto. Cuando dos términos se parecen fonéticamente, existe una probabilidad muy real de que uno sustituya al otro: así es como alguien termina anunciando muy convencido que el «ornitorrinco» le ha dicho que debe hacerse una «odiometría» (ojo, que igual esto último les acaba dando ideas a nuestros políticos actuales).
Desde luego, si algo demuestra este fenómeno es que el idioma, además de herramienta de comunicación, puede ser una fábrica inagotable de comedia involuntaria. Y eso, sin duda, le aporta aún más encanto si cabe.
