Ser invisible no siempre es un superpoder

Foto: David Dintsh (Unsplash)

Vale, lo admito: soy un superhéroe bastante peculiar. No vuelo, no tengo superfuerza ni disparo rayos láser por los ojos. Mi superpoder, si se le puede llamar así, es la invisibilidad, pero no esa de los cómics que resulta tan atractiva y eliges activar cuando te conviene. La mía es permanente, involuntaria y, seamos sinceros, bastante incómoda.

Porque ser invisible cuando eres corrector no es un superpoder; para nosotros, la auténtica esencia de nuestro trabajo acaba por convertirse en un problema profesional con consecuencias muy reales.

Pensadlo un momento: ¿cuántas veces habéis visto el nombre de un corrector en la portada de un libro? ¿O en los créditos de un artículo periodístico? ¿O en una web corporativa impecable? Exacto: casi nunca. Trabajamos en las sombras de los libros, artículos, webs, manuales técnicos, tesis doctorales y contenidos digitales, entre otros. Cuando el trabajo está bien hecho, nadie nota que hemos pasado por ahí; paradójicamente, esa es la señal de que hemos hecho bien nuestro trabajo.

El problema es que esa invisibilidad tiene un precio… y no hablo de un precio simbólico o emocional, no. Hablo de euros, condiciones laborales y, por descontado, dignidad profesional.

Porque si el público general no sabe que existimos, ¿cómo va a entender por qué deberían pagarnos? Ahí es donde empieza todo: en la infravaloración. «Solo es leer y poner comas, ¿no?». «Mi cuñado escribe genial y me lo puede hacer gratis». «¿Por qué cobras tanto si el corrector automático o la IA lo hacen en dos minutos?». Y así, poco a poco, la invisibilidad se convierte en precariedad.

Las tarifas ya no es que no suban con el IPC siquiera; es que hace más de dos décadas que apenas hay cambios, porque el cliente no percibe la diferencia entre un corrector profesional y alguien que «escribe bien». Se ha normalizado el intrusismo porque, total, si nadie sabe qué formación requiere este trabajo, cualquiera puede ofrecerlo. A esto se suman los plazos imposibles, las revisiones infinitas sin coste adicional o los pagos que se retrasan, entre otros. Ahora, para rematar, la IA se presenta como nuestra sustituta porque, claro, si nadie entiende la complejidad de lo que hacemos, ¿por qué no iba a hacerlo una máquina?

Yo llevo años intentando hacerme visible; tengo hasta mi propia cara, cortesía del genial Forges. Aun así, seamos realistas: un superhéroe por sí solo no cambia el mundo. Ni siquiera uno con capa y antifaz.

El problema no es individual: es estructural. Por este motivo, la solución tampoco puede ser individual. Así, un corrector puede tener web, muestras de trabajo y presencia en redes. Puede explicarle a cada cliente por qué su trabajo vale lo que cuesta. Puede hacer todo eso y más. Sin embargo, su alcance es limitado: mientras la sociedad no sepa qué es un corrector profesional, seguiremos siendo invisibles. Y seguiremos cobrando como si lo fuéramos.

Por eso existe UniCo: porque la visibilidad de la profesión no puede depender de esfuerzos individuales dispersos. Necesitamos visibilidad mediática cuando se habla de lenguaje, calidad textual o corrección. Necesitamos campañas de divulgación que expliquen a la sociedad qué hacemos y por qué importa. Y, por supuesto, necesitamos estar presentes como colectivo y referente de la profesión.

Porque juntos sí podemos hacernos visibles y, como mínimo, tratar de cambiar la percepción social de nuestro trabajo. Juntos sí podemos exigir condiciones dignas.

Ser invisible puede ser un superpoder en los cómics. No obstante, en la vida real —y en la corrección profesional— es un lastre; ya es hora de quitárnoslo de encima.

#SomosUniCo. Juntos, nos hacemos visibles.

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