San Isidro Labrador… o cómo ser corrector

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Hoy, 15 de mayo, Madrid celebra la festividad de San Isidro. Yo, gato de pro, a pesar de que hoy se supone que no trabajo, aquí ando, pensando en que la vida de este santo tiene muchos matices que me recuerdan a nosotros, los correctores. Porque sí, queridos colegas, San Isidro tiene mucho que enseñarnos sobre nuestro oficio. Dejadme que os lo cuente.

San Isidro Labrador era agricultor. En su trabajo no había cosechas instantáneas ni atajos; solo trabajo meticuloso, repetitivo y, sobre todo, necesario. ¿Os suena? La corrección de textos es exactamente eso: un trabajo de paciencia infinita. No corriges un texto de 300 páginas en una tarde; tampoco resuelves todos los dilemas normativos de golpe y, desde luego, no aprendes todas las excepciones ortográficas en un curso intensivo. La corrección es labranza lingüística: vas palabra por palabra, frase por frase, párrafo por párrafo. Y, como san Isidro, sabes que el resultado final depende de la constancia, no de la prisa. Por eso, si un cliente te dice «es que solo son 200 páginas; lo puedes hacer en un día, ¿no?», piensa en el patrón de Madrid. Nadie le decía: «venga, hombre, que solo es un trozo de tierra; eso te lo aras en una mañana». El trabajo bien hecho requiere tiempo y no hay más.

En San Isidro se comen rosquillas; cada una tiene su receta, su historia y su razón de ser. Todas ellas son válidas (y deliciosas), aunque diferentes. Pensando de nuevo en nuestra profesión, las normas ortográficas son un poco así. Tenemos la RAE, sí, pero también manuales de estilo, tradiciones editoriales, convenciones por géneros textuales… A veces, lo que es correcto en un contexto no lo es en otro. Un texto académico no se corrige igual que uno publicitario. Un manual técnico no sigue las mismas convenciones que una novela. Y un corrector profesional, como un buen maestro rosquillero, sabe cuándo aplicar cada receta. Lo importante no es ser rígido, sino saber adaptar las normas al contexto sin perder calidad. Cuando un autor te discuta una corrección diciendo: «pero es que yo lo he visto escrito así en otro sitio», recuerda las rosquillas. No todas se hacen igual, pero todas necesitan un maestro que sepa lo que hace. Tú eres ese maestro.

Por otra parte, las fiestas de San Isidro son una celebración colectiva. Nadie baila el chotis solo; se baila en pareja y se disfruta en grupo. Lo mismo pasa con la corrección: aunque parezca un trabajo solitario, también es conjunto. Cuando tienes una duda normativa compleja, consultas con colegas. Cuando un cliente te presiona con tarifas abusivas, buscas referencias en la comunidad. Cuando necesitas formarte, aprendes mejor si tienes con quién contrastar. Por eso existe UniCo; los correctores, como los chulapos en la verbena, somos más fuertes cuando bailamos juntos. Puedes corregir solo, sí, pero cuando tienes una comunidad detrás, el trabajo es más llevadero, más profesional y, por descontado, más digno.

San Isidro era un trabajador humilde. No era noble, ni rico, ni famoso. Era alguien que hacía su trabajo con dignidad, aunque nadie lo viera. No obstante, su importancia era tal que sin él no había cosecha. Los correctores también somos un poco así: trabajamos en la sombra; nuestro nombre rara vez aparece reseñado y casi nunca se nos aplaude cuando una publicación llega lejos. Sin embargo, hacemos un trabajo esencial, aunque invisible. Y, como san Isidro, merecemos reconocimiento, condiciones dignas y respeto profesional.

Hoy, mientras Madrid celebra a su patrón, yo os invito a celebrar también vuestro oficio. Celebrad la paciencia que tenéis para corregir textos interminables. Celebrad el conocimiento que habéis acumulado a base de consultas y formación. Celebrad la comunidad que habéis construido, aunque sea en listas de correo y grupos de WhatsApp. Celebrad que, a pesar de la invisibilidad, seguís defendiendo la calidad del lenguaje. Y, si hoy os tomáis una rosquilla, hacedlo pensando en que sois parte de un oficio con tradición, con estándares, con dignidad.

Porque #SomosUniCo. Y, como en esta celebración tan castiza, estamos mejor cuando estamos juntos.

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