Quien corrige no es vidente (ni el saco de los golpes)

Foto: cottonbro (Pexels)

Existe una curiosa tendencia a atribuir al corrector capacidades que jamás figuraron en su descripción profesional. La persona que corrige un texto puede acabar ejerciendo —casi siempre sin quererlo ni esperarlo— también de diccionario andante, consultor de comunicación, psicólogo, técnico de emergencias y, en ocasiones, hasta vidente. Es algo que no deja de sorprenderme; una cosa es corregir un texto y otra muy distinta resolver cualquier problema que aparezca en sus inmediaciones.

Uno de los papeles más frecuentes es el de vidente. Pongamos por caso que hay una frase ambigua en el texto. El autor sabía lo que quería decir, pero no consiguió expresarlo con claridad. Entonces, surge la pregunta: «¿Qué crees que quiso decir aquí?». Ahí es cuando algunos esperan que quien corrige active sus poderes paranormales e invoque los pensamientos del autor por la vía de la ciencia infusa.

Por desgracia, eso no funciona así. Los correctores trabajamos con lo que está escrito, no con lo que alguien pensó escribir, estuvo a punto de escribir o habría escrito en circunstancias ideales. Podemos detectar una ambigüedad y señalarla; lo que no podemos hacer es reconstruir con total certeza una intención que no acabó volcada en el papel.

También se nos asigna con frecuencia el papel de psicólogo del texto. Si un documento tiene problemas de estructura, el mensaje no está bien definido o el contenido resulta confuso porque no se ha planificado de forma adecuada, el corrector puede detectar señales de alarma y formular observaciones. Sin embargo, eso no implica que deba asumir la responsabilidad de reconstruir por completo un texto mal planteado. Corregir no consiste en reescribir desde cero cualquier contenido que llega a nuestras manos ni en resolver todos los problemas de comunicación de una organización. Hay ocasiones en las que el texto necesita una intervención distinta y más profunda, y eso corresponde a otros perfiles profesionales o a encargos diferentes.

Otro rol bastante habitual es el del corrector como última frontera —al estilo del Muro de Juego de Tronos— ante cualquier problema del texto, venga de donde venga. Se entrega un documento y parece que, con la corrección, se cierra automáticamente todo el proceso de calidad. Cuando algo se escapa, aparece la pregunta inevitable: «¿Cómo no se ha visto esto?». Y ahí es donde conviene dejar claro qué se puede esperar. El corrector revisa lo que tiene delante en ese momento concreto, con unas condiciones específicas y dentro de unos límites claros. Puede señalar errores, incoherencias y problemas de lengua o estilo, pero no puede sustituir todas las decisiones previas ni rehacer el recorrido completo que ha llevado el texto hasta esa versión final. Tampoco puede garantizar que no se introduzcan cambios después de su intervención, ni asumir el control total de un proceso que implica a varias personas y etapas. A veces se olvida que la corrección es parte del engranaje, no el sistema entero; precisamente por eso, ese sistema funciona cuando cada pieza asume su responsabilidad.

Con todo, el papel más ingrato quizá sea el de saco de los golpes profesional. Cuando el proceso funciona bien, pocas personas se detienen a pensar quién ha contribuido a que el texto sea claro y coherente. En cambio, cuando surge alguna incidencia en la cadena editorial, el corrector suele aparecer como uno de los primeros sospechosos habituales. Da igual que el problema se derive de una modificación posterior o que haya surgido en una fase completamente distinta del proceso: suele asumirse que el corrector debería haberlo previsto, detectado o evitado.

Por todos estos motivos, conviene recordar algo básico: los correctores somos profesionales especializados en una tarea concreta. Nuestra labor requiere conocimientos, experiencia, criterio y responsabilidad. Aun así, justo porque nos tomamos muy en serio nuestro trabajo, sabemos dónde empiezan y dónde terminan nuestras funciones. No somos diccionarios andantes con patas, adivinos, un servicio de atención permanente o responsables universales de todo lo que le ocurra a un texto desde que nace hasta que se publica.

Defender esos límites no es por susceptibilidad; es una cuestión de respeto al trabajo de cada persona implicada en el proceso. Cuando cada profesional asume la responsabilidad que le corresponde, los proyectos funcionan mejor y, aunque me llamen el Mítico Corrector Justiciero, hasta yo tengo que admitir que hay misiones que no me corresponden. Ni falta que hace.

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