La ceguera del autor: por qué no vemos las erratas

Foto: Gleive Marcio Rodrigues de Souza (Pexels)

Hoy media España tiene los ojos puestos en el cielo. Por primera vez en más de un siglo, será posible ver un eclipse total en toda la península y, por este motivo, llevo días viendo el mismo aviso repetido en todos los medios: no mires directamente al sol sin gafas homologadas, aunque parezca que no pasa nada. Ese «aunque parezca que no pasa nada» es la parte que me interesa, porque describe exactamente lo que me pasa a mí cuando corrijo un texto propio.

Un daño que no avisa

La razón por la que mirar al sol durante un eclipse es tan peligroso no es que duela (pues, de hecho, no duele). La retina no tiene receptores de dolor, así que puedes estar quemándola sin sentir absolutamente nada hasta que, horas después, empiezas a notar una mancha en el centro de la visión que ya no se va. El daño ocurre en silencio, mientras tu percepción te dice que todo va bien. Por eso hacen falta gafas homologadas y mucha precaución: tú no vas a notar el peligro, ese es el problema. Notarás sus consecuencias y, cuando lo hagas, ya será tarde.

Con un texto propio pasa algo estructuralmente parecido, aunque las consecuencias sean mucho menos dramáticas. El psicólogo Tom Stafford, de la Universidad de Sheffield, ha investigado durante años por qué a los autores se les escapan sus propios errores. Su explicación tiene el mismo patrón de fondo.

Escribir es una tarea de «alto nivel»: tu cerebro gestiona significado, no las letras sueltas. Por eso, cuando relees, no comparas el texto con lo que hay escrito de verdad, sino con la versión que ya tenías en la cabeza. Si ambas coinciden —y suelen coincidir, porque las generaste tú—, tu percepción da el texto por bueno sin comprobarlo. No hay ninguna sensación de alarma ni de que algo no cuadra, de manera que el fallo pasa exactamente igual de desapercibido que el daño en la retina: no produce síntomas hasta que alguien de fuera lo señala.

Por qué esto no se queda en las erratas

Igual que la exposición al sol no daña solo un punto de la retina, sino que puede afectar a una zona más amplia según cuánto tiempo mires, el mecanismo de «confirmar en vez de comprobar» no tiene motivos para limitarse a las letras sueltas. Si tu cerebro rellena un hueco tan pequeño como una errata sin que te enteres, es razonable pensar que rellena también huecos mucho más grandes: un argumento que en tu cabeza estaba completo, aunque en el papel falten dos pasos; un tono que cambia de cercano a solemne sin que te resulte extraño, porque tú sabes por qué cambiaste de registro, o un párrafo que repite algo que ya dijiste antes, porque la idea te pareció novedosa las dos veces que la escribiste, aunque para quien lee sea la misma idea dos veces.

En ningún caso hay una señal de alarma interna. Eso es justo lo que tienen en común el eclipse y el texto propio: el problema no es de falta de cuidado, es que el propio sistema de detección está mirando desde el ángulo equivocado para poder avisar.

Las gafas homologadas del texto

Un corrector externo no repite ese atajo cognitivo, del mismo modo que unas gafas homologadas no dejan pasar la radiación que tu ojo no puede filtrar por sí solo. No sabe lo que «quería decir» el párrafo tres, así que no puede confirmarlo sin comprobarlo de verdad: lo lee tal cual está, razón por la cual puede percibir que se repite la idea del primer párrafo. Tampoco tiene el tono memorizado desde el principio, así que cualquier cambio de registro le resulta chocante en lugar de invisible. No conoce el argumento completo de antemano, de modo que percibe los huecos en vez de rellenarlos inconscientemente.

Hoy nadie se plantea mirar el eclipse sin protección y confiar en que, si doliera, lo notaría. El ojo no avisa, así que nos ponemos las gafas antes, no después. Con un texto debería pasar exactamente lo mismo: la pregunta no es si tu vista —o tu lectura— te va a fallar sin avisar; ya sabemos que sí. La pregunta es si vas a protegerte antes de publicar o vas a esperar a que alguien te señale la mancha cuando ya esté ahí.

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