Foto: Lars Bugge Aarset (Pexels)
Después de comer, suele entrarme un sueñecillo que hace que me cueste un mundo volver a arrancar, pero el calor del verano convierte esa somnolencia en verdadera modorra —que no morriña— y supongo que mi afición a los documentales no ayuda en este sentido. Hace unos días, vi uno sobre el Titanic y, en un momento dado, el narrador explicaba que del iceberg que hundió el barco solo se veía por encima del agua una fracción mínima; el resto, la parte que de verdad importaba, estaba escondida bajo la superficie. En ese momento pensé que así es exactamente mi trabajo, aunque con una diferencia importante que os quiero explicar hoy.
Cuando alguien me manda un texto para corregir, casi siempre espera que empiece por las tildes y las comas. Sin embargo, un buen corrector no trabaja así. El proceso suele hacerse al revés de lo que parece a simple vista: se empieza por abajo, por la parte que no se ve, y se va subiendo poco a poco hasta llegar a la superficie.
La primera capa, la más profunda, es la corrección de estilo. Ahí se elimina el léxico impreciso, se gana riqueza de vocabulario, se arregla la concordancia y, entre otras cosas, se cazan esos calcos del inglés que suenan «casi bien», pero no encajan del todo. Un ejemplo real: antes de irme de vacaciones, me encontré en un texto la frase «No es tu culpa haber tomado el camino equivocado». A primera vista, no hay errores gramaticales, pero la estructura está calcada del inglés. Si no recuerdo mal, la modifiqué como «No es culpa tuya haberte equivocado de camino»; la idea es la misma, pero ahora suena mucho más natural. Este trabajo se hace primero porque no tiene sentido pulir la ortografía de una frase que, tres líneas más abajo, va a cambiar entera de redacción.
Solo cuando esa base está sólida se pasa a la siguiente capa: la corrección de ortotipografía. Ahí sí entran las tildes, la puntuación y los detalles que todo el mundo asocia con «corregir», como el signo de los grados centígrados, que no es un cero pequeño ni una letra volada, sino un signo propio.
La última capa, la más pegada a la superficie, es la corrección de pruebas (o galeradas); se trata de la revisión final sobre el texto ya cerrado, a fin de comprobar que todo lo anterior se ha aplicado bien y que no se ha movido nada por el camino.
¿Y por qué me acordé de la corrección viendo un documental sobre el Titanic? Por algo que aprendí entonces: la parte sumergida de un iceberg se derrite antes y más rápido que la punta que asoma al aire, porque el agua erosiona el hielo mejor que el frío del ambiente. Por eso muchos icebergs acaban perdiendo el equilibrio y volcando: se han quedado sin base antes de perder la punta. Con la corrección pasa lo mismo: primero se trabaja el fondo, porque es la base de todo lo demás; solo cuando esa base aguanta, tiene sentido subir a pulir la superficie. Si intentas trabajar la punta antes que la base, el texto entero pierde el equilibrio, igual que el iceberg.
Por eso, la próxima vez que alguien piense que corregir textos es poner tildes o cazar erratas, que se acuerde del iceberg: lo que se ve no siempre es lo que mantiene la estructura.
