Nadie nota una buena corrección (y eso tiene su aquel)

Foto: Pixabay

Hay días en los que termino de corregir un texto, lo releo por última vez, asiento con cierta satisfacción profesional —la justa, tampoco nos vengamos demasiado arriba— y lo entrego sabiendo que funciona. El mensaje fluye, no hay nada que chirríe y se transmite con la máxima claridad.

Entonces pasa lo inevitable: no pasa nada.

Nadie comenta lo bien que está. Nadie se detiene a pensar por qué el texto se lee tan bien. Nadie sospecha siquiera que no siempre fue así. Simplemente funciona.

Ahora bien, basta con que un día se cuele una errata —incluso algo tan pequeño como una tilde rebelde o una coma mal colocada— para que el mismo texto que antes pasaba desapercibido se convierta en el centro de todas las miradas. De repente, todo el mundo lo ve y opina; hasta el más pintado tiene algo que decir.

En momentos así, uno no puede evitar pensar en lo curioso que es este mundo.

Cuando la corrección está bien hecha, parece que no hacía falta. Es como si el texto hubiera nacido así, perfectamente ensamblado; como si las palabras hubieran decidido por sí solas colocarse en el lugar adecuado. Pero no es así en absoluto; los textos no se arreglan solos. No afinan el tono sin ayuda ni eliminan las ambigüedades por arte de magia.

Lo que sucede es que la corrección, cuando funciona, no se nota. Y precisamente por eso funciona.

No se ha concebido para lucirse ni busca protagonismo. Quienes la llevamos a cabo rara vez levantamos la mano para decir: «Esto lo he hecho yo». Más bien se parece a esos mecanismos que solo se hacen visibles cuando fallan. Mientras todo va bien, nadie se acuerda de ellos; sin embargo, en cuanto algo se rompe, pasan a ser lo único importante.

En nuestro caso, el fallo no suele ser espectacular, pero sí basta para generar desconfianza, distraer y que el lector se detenga donde no debería. En el ámbito de la comunicación, eso ya es grave de por sí.

Lo verdaderamente interesante es que gran parte de nuestro trabajo consiste en evitar que esas pequeñas grietas lleguen a aparecer. Corregir no es solo arreglar lo que está mal; es anticiparse a lo que podría fallar. Es pulir hasta que el texto deja de hacer ruido. Y, claro, cuando el ruido desaparece, parece que nunca estuvo ahí.

Ahí está la paradoja: cuanto mejor hacemos nuestro trabajo, menos visible resulta. Y, cuanto menos visible es, más cuesta explicar por qué es necesario. Con todo, basta con ver qué ocurre cuando la corrección no está para entenderlo todo.

Por eso, la próxima vez que un texto se lea sin esfuerzo, que transmita exactamente lo que debe, que no genere dudas ni tropiezos, quizá merezca la pena hacerse una pregunta sencilla: ¿esto ha salido así… o alguien ha pasado por aquí antes?

No hace falta responder en voz alta. A estas alturas, ya nos entendemos.

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