Esta semana me ha costado levantar la mirada de la rutina. El grave accidente de tren ocurrido en Adamuz nos ha dejado a muchos con la sensación de que hay cosas que no se pueden despachar ni con prisa ni con ligereza. Cuando pasan cosas así, las palabras pesan. Y no salen igual.
Como correctores, a veces damos por hecho que los textos se escriben y se leen en abstracto, como si flotaran en el aire. Sin embargo, en momentos como este recuerdo algo muy básico: cada texto se impregna de la vida de quien lo escribe, pero también de quien lo recibe. No corregimos frases aisladas; corregimos mensajes que llegan a personas reales en contextos reales.
Durante estos días, hemos leído comunicados oficiales, notas informativas y mensajes institucionales en los que se ha intentado informar con rapidez y rigor. Y ahí es donde se ve con claridad algo que los correctores conocemos bien: no basta con que un texto sea formalmente correcto. Tiene que estar bien enfocado.
Pongo ejemplos que todos hemos visto alguna vez:
– Comunicados impecables desde el punto de vista técnico, pero que abren con cifras y datos antes que con un mensaje de condolencia. No es un error gramatical, pero sí un problema de enfoque.
– Frases como «se están investigando las causas» colocadas demasiado pronto, cuando todavía hay familias esperando noticias. Correctas, sí; oportunas, quizá no.
– Titulares sin erratas, pero con verbos que suenan a trámite cuando lo que hay detrás es una tragedia. Ahí no falla la lengua: falla la empatía.
Un fallo de comunicación no siempre es una errata. A veces es un adjetivo mal elegido, un orden de ideas desacertado o un tono excesivamente frío. Para detectar eso no basta con ojos entrenados en ortografía y gramática: hacen falta ojos atentos y empáticos, capaces de leer más allá de la superficie del texto.
Esta semana, incluso entre colegas, nos ha costado encontrar el tono. Y no pasa nada. Por la naturaleza de nuestra profesión, los correctores no solemos estar constantemente de un lado a otro; trabajamos muchas horas en nuestra cueva. Sin embargo, también acudimos a congresos y encuentros porque necesitamos salir, vernos, hablarnos y recordar que detrás de los textos hay personas. Días como estos refuerzan esa idea.
Así que, si algo me llevo de estos días, es esto: seamos especialmente cuidadosos. No solo con la ortografía o la sintaxis, sino con el contexto humano de cada texto. Porque, antes que correctores, somos personas que trabajan con palabras; eso, en semanas como esta, importa más que nunca.
