Derechos que parecen un lujo (pero no lo son)

Foto: Nesrin Öztürk (Pexels)

Mañana es 1 de mayo, Día del Trabajo. Como cada año, veremos mensajes sobre esfuerzo, vocación y orgullo profesional. Todo eso está bien, pero conviene recordar de dónde viene esta fecha y por qué existe.

Esta efeméride no nace para celebrar que trabajamos, sino para reivindicar en qué condiciones se trabaja. Tiene su origen en las protestas obreras de finales del siglo XIX, cuando miles de trabajadores salieron a la calle para reclamar algo que hoy nos parece básico: limitar la jornada laboral a ocho horas. Aquello no iba de aspiraciones idealistas, sino de poner un mínimo y establecer que hay condiciones que no son negociables si hablamos de trabajo digno.

Con el tiempo, esas reivindicaciones han cambiado de forma, pero no de fondo. Si uno mira con un poco de atención, descubre que en algunos sectores —también en este— seguimos tratando como opcionales cosas que no deberían serlo.

Tener tiempo suficiente para hacer bien el trabajo no es un lujo. Tampoco lo es que se propongan plazos razonables a fin de que podamos trabajar con criterio. Cuando no hay tiempo, no hay revisión que valga ni decisión que se tome con la calma que exige este oficio. El resultado no es la eficiencia: es un trabajo peor, por mucho que se cumpla la fecha de entrega.

Tampoco es un lujo cobrar de forma acorde al trabajo real. Corregir no es aplicar un filtro automático ni pasar por encima de un texto; consiste en leer con atención, interpretar lo que el autor quiere decir, detectar incoherencias, tomar decisiones en cada línea y asumir la responsabilidad de que ese texto funcione. Reducir todo eso a una tarea rápida o fácilmente sustituible no solo simplifica el trabajo: lo despoja de valor.

Al hilo de esto, ahora se suma un contexto reciente que no ayuda: la irrupción de la IA generativa y de ciertas herramientas que prometen rapidez y resultados aceptables. El problema va más allá de la tecnología en sí: es la forma en que se está utilizando para simplificar lo que hacemos hasta hacerlo parecer prescindible. Cuando se confunden velocidad y calidad, por un lado, y automatización y criterio, por otro, el trabajo se devalúa aún más y, con él, quienes lo hacemos.

Hay algo más que también se ha normalizado en exceso: tener que justificar constantemente decisiones que forman parte del criterio profesional. Explicar cada cambio, defender lo evidente o entrar en discusiones que no deberían existir acaba desplazando el foco de lo importante (y haciéndonos perder un tiempo precioso). No es cuestión de cerrarnos en banda al diálogo, sino de hacer entender al interlocutor que el conocimiento no debería ponerse en duda de forma sistemática.

Nada de esto son extras ni mejoras deseables si se dan las circunstancias; son lo mínimo para poder trabajar bien.

Quizá mañana, cuando hablemos de trabajo, también convendría recordar esto: reivindicamos lo que hacemos, pero también en qué condiciones lo hacemos. Al fin y al cabo, la frontera entre una cosa y la otra no es menor: es lo que convierte un trabajo en algo digno o en algo que se saca adelante a costa de nosotros mismos.

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