Propósitos de año nuevo para correctores de textos (y otras ficciones necesarias)

Foto: Polina Kovaleva (Pexels)

Enero es ese mes en el que la gente decide que este año sí: gimnasio, meditación, verduras al vapor, Marie Kondo y una vida ordenada por colores. Incluso yo tengo mi lista de propósitos. No es que crea demasiado en ellos —he visto demasiados «haber si» para creer ciegamente en el ser humano—, pero sí entiendo que ayudan a recordar por qué seguimos aquí.

Así que sí, aquí van mis propósitos de año nuevo para correctores de textos. Algunos son realistas. Otros, pura fantasía editorial. Pero todos son necesarios.

1. Dejar de explicar que lo mío no es «cazar erratas»

Empiezo fuerte. Mi primer propósito es no perder la paciencia cuando alguien me diga:
—Ah, tú corriges; o sea, cazas erratas, ¿no?

Respiraré, contaré hasta diez y luego decidiré si explico, una vez más, que la corrección implica sentido, coherencia, estilo, intención comunicativa, adecuación al lector y respeto al texto. O si, en lugar de eso, sonrío, asiento y pienso en silencio: «algún día lo entenderás… cuando el texto falle».

2. Cobrar como lo que soy: un profesional

Este año me propongo algo revolucionario: defender mis tarifas sin pedir permiso ni perdón. Porque corregir no es un favor, un complemento simpático o «un vistacito rápido».

Detrás de cada corrección hay formación, criterio, lectura atenta, decisiones invisibles y, sobre todo, responsabilidad. Si un texto no funciona, nadie pensará que lo que estaba mal era el original. Lo habitual es preguntarse quién lo revisó. Por eso, el propósito número dos es trabajar como lo que soy: un profesional de la lengua.

3. No aceptar textos imposibles con plazos imposibles (o al menos renegociarlos)

Todos lo hemos hecho.
«Son solo 300 páginas».
«Lo necesito para ayer».
«Está bastante bien escrito, no tardarás nada».

Este año me prometo hacer más preguntas antes de decir que sí. Pediré una muestra, veré el contexto y valoraré los tiempos como corresponde. Al fin y al cabo, corregir con prisas no es corregir: es apagar fuegos con un dedal. Y la calidad también se defiende a golpe de calendario.

4. Recordar que mi trabajo, cuando no se nota, es porque está bien hecho

Uno de los grandes dramas del corrector: cuando todo va bien, nadie se da cuenta. No hay aplausos ni focos.

Este año me propongo reconciliarme con esa paradoja: mi éxito consiste en que el texto fluya, funcione y brille sin que se me vea.

Eso sí, también me permitiré reivindicarlo cuando haga falta. Porque invisibles, sí.; prescindibles, no.

5. Seguir formándome (aunque ya lleve años corrigiendo)

La lengua cambia y, con ella, los usos y hasta los géneros. Por eso, los textos —ay, los textos— cada vez llegan más acelerados y descuidados a los lectores.

En consecuencia, otro propósito firme es seguir aprendiendo, no por inseguridad, sino por respeto a la profesión. Un corrector que deja de formarse deja de afinar. Y yo pienso mantener el boli tan afilado como la lengua. La mía, concretamente.

6. Decir más veces: «esto no es corregir, es reescribir»

Porque no todo vale bajo la etiqueta de «corrige esto». Este año me prometo llamar a las cosas por su nombre: corrección ortotipográfica, de estilo o reescritura integral.

No es cuestión de ser tiquismiquis; es que denominar las cosas correctamente también es parte del oficio.

7. Defender que los textos importan (aunque parezca que no)

Vivimos rodeados de contenido rápido, mal revisado y peor pensado. Aun así, sigo creyendo —tercamente— que las palabras importan.

Que un texto claro evita malentendidos.
Que un texto cuidado transmite respeto.
Que un texto bien corregido no es un lujo, sino una necesidad.

Este año, como los anteriores, seguiré afirmándolo una y otra vez, aunque más de una vez me toque predicar en desiertos llenos de erratas.

8. Seguir corrigiendo con criterio, ética y cariño por el texto

Y cierro con el único propósito verdaderamente innegociable: seguir haciendo bien mi trabajo.

Con criterio, ética y atención. Y con ese cariño extraño que solo entiende quien ha pasado horas mejorando un texto que no es suyo para que funcione como si lo fuera.

No sé cuántos de estos propósitos cumpliré al pie de la letra; con todo, sí sé algo: mientras haya textos, hará falta quien los cuide. Y ahí estaremos los correctores: en silencio, con ojo clínico y con el bolígrafo rojo (o el control de cambios) preparado.

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