Foto: Stas Knop (Pexels)
Mientras iba en coche por las carreteras semivacías de mi ciudad, estaba escuchando el capítulo doce de una novela negra cuando el narrador leyó la misma frase dos veces sin darse cuenta y nadie lo frenó a tiempo. Un par de capítulos después, un personaje francés pasó a pronunciarse como si fuera alemán; ahí ya no pude seguir escuchando sin pensar como corrector.
No, a mí no me han contratado para revisar este audiolibro: solo soy un oyente con la mala costumbre de fijarse en estas cosas. Sin embargo, esos tropiezos me hicieron pensar en quien sí se sienta a hacerlo, con los auriculares puestos y el texto original delante, cazando fallos que el oyente medio ni siquiera llega a notar. Ese alguien, cada vez más, es un corrector. Y este verano, sin quererlo, me tocó ponerme en su piel
El mercado del audiolibro está en plena expansión: si bien antes eran escasos y solían estar pensados para personas con discapacidad visual, los móviles los han puesto al alcance de cualquier persona y la omnipresente multitarea (escuchar algo mientras conduces, entrenas o friegas platos) les ha dado una segunda vida. Con tanto contenido nuevo, la industria editorial ha tenido que sumar una figura que hasta hace poco no existía como tal: el corrector de audiolibros. Su trabajo, aunque el oyente nunca lo vea, es tan necesario como el de cualquier corrector que trabaje con la palabra escrita.
El corrector de audiolibros ya no se encarga de revisar el texto (ese ya se imprimió y quedó fijado), sino que escucha con paciencia infinita y va detectando los distintos errores que merman la calidad del archivo. Vigila que la puntuación se respete al oído: aquí es donde la coma asesina, esa que se cuela entre sujeto y verbo sin permiso, comete su delito más grave. En papel podría llegar a pasar desapercibida. En audio, sin embargo, hace tropezar al narrador y puede confundir al oyente sobre quién hace qué.
También hay que estar atento a los nombres propios y las palabras extranjeras, porque un locutor sin la referencia adecuada puede convertir a un personaje querido en alguien irreconocible y hasta odioso. Y hay algo aún más traicionero: lo que no se escucha. Una palabra saltada, una frase entera que desaparece sin que nadie lo note si no sigues el texto con la vista línea a línea.
Y aquí llega el tema que más me quita el sueño este verano: las voces sintéticas. Cada vez más audiolibros se narran con voz generada por IA, sin locutor ni director, y sin nadie que decida cómo debe sonar una frase que es ambigua. La máquina lee, pero no interpreta: no sabe si una coma pide una pausa larga por dramatismo o una pausa corta porque el autor solo respiraba ahí. No detecta la ironía ni distingue si un nombre propio se pronuncia como en su idioma original o como se lee en español, y a veces mete la pata en las dos direcciones a la vez. Y lo más preocupante: si nadie corrige el resultado antes de publicarlo, esos errores llegan directamente al oyente, multiplicados en cada nueva reproducción, sin que exista el filtro humano que hoy evita la mayoría.
Al final, todo ese trabajo minucioso (humano, con o sin voz sintética de por medio) se traduce en algo muy simple: un informe claro y breve para que el equipo de producción sepa exactamente qué corregir, sin rodeos ni explicaciones de más. Porque, como en toda corrección, el objetivo último no es lucirse marcando errores, sino ponerse en el lugar del oyente. Es decir, se trata de preguntarse si algo se entiende a la primera, sin tener que rebobinar.
Por todo ello, la próxima vez que disfrutes de un audiolibro sin un solo tropiezo, ya sabes: no ha sido casualidad ni porque haya obrado el milagro una máquina bien entrenada. Ha sido un corrector, con paciencia de detective acústico, cazando a la coma asesina antes de que llegara a tus oídos.
