Foto: Roger Brown (Pexels)
Septiembre siempre me recibe siempre igual: con la persiana a medio bajar, el ventilador todavía puesto y cuarenta correos ya el primer día, la mitad de ellos con el asunto en mayúsculas y sin verbo. Bienvenido, septiembre. O, mejor dicho, «BIENVENIDO SEPTIEMBRE», que es como más veces lo veo escrito.
No sé en qué momento decidimos que la vuelta al cole se celebra escribiendo el asunto de un correo en mayúsculas y sin la coma del vocativo, como, si en vez de anunciar algo sin más, se estuviese gritando a los cuatro vientos, pero aquí estamos, otro año más, revisando circulares y boletines que llevan dos meses esperando en un cajón a que alguien los mande.
Ahí es donde entro yo con mi botiquín, que no contiene más que un boli rojo —o el control de cambios de Word activado— y mi criterio profesional. Esta tarea no va de encontrar errores para regodearme; para eso ya están las redes, a las que eso se les da de maravilla. Consiste en corregir antes de que salga esa primera tanda de comunicaciones de la temporada (incluidas las ofertas de empleo), cuya importancia para la reputación de una empresa es de sobra conocida.
Lo primero que reviso son las fechas: un texto escrito en julio para publicarse en septiembre puede arrastrar un «dentro de dos meses» que ya no toca, o un «la semana pasada» que ahora es hace seis. Nadie lo hace mal a propósito; se trata de que, como es normal, no siempre se tienen puestos los cinco sentidos en el texto.
A continuación, vienen las mayúsculas, que siempre proliferan como setas: las encontramos en cargos, departamentos o programas con nombre propio que de repente merecen un tratamiento digno de un mandatario de antaño. El «Director de Comunicación» no necesita mayúscula para que le respeten, aunque la relevancia de su cargo pueda hacer pensar lo contrario.
Después, encontramos los nombres; los propios y los de las marcas, esos que se escriben de memoria tras las vacaciones (y memoria, precisamente, es lo que menos tenemos en estas fechas). Aquí y allá encuentro un acento movido o una letra de más: son detalles pequeños que, sin embargo, son los primeros que nota quien lee y lo primero que delata que el texto se escribió con apresuramiento, como mínimo.
Luego está la puntuación de los asuntos y los titulares, que este año ha decidido no ponerse de acuerdo consigo misma: unos llevan punto final, otros no, algunos meten una coma donde no hace ninguna falta y el resto se las salta a la torera, directamente. Pueden parecer errores pequeños si se miran de uno en uno, pero se vuelven menos pequeños si se tiene en cuenta todo el conjunto.
No hace falta un botiquín de urgencias para nada de esto; con una revisión antes de pulsar «enviar», suele bastar. Por más prisa que llevemos y por más tareas que se nos acumulen, conviene hacerla, porque el primer correo de septiembre es mucho más que eso: es la carta de presentación de todo lo que viene después.
Ya sabéis: antes de dar por bueno un texto que lleva semanas o meses esperando su turno en un cajón, abridlo, leedlo en voz alta y comprobad que sigue teniendo sentido fuera del cajón. Por lo que a mí respecta, sigo con la bandeja de entrada. Septiembre es largo (o se hace largo, una de dos).
