Semana Santa: lo que se siente y lo que se entiende

Foto: Paolo Sbalzer (Pexels)

He aprovechado estos días para escaparme a una ciudad andaluza de esas que, cuando llega la Semana Santa, se transforman. Las calles se llenan, las procesiones avanzan a su particular ritmo y el silencio puede llegar a resultar sobrecogedor. Todo ello conforma un lenguaje propio que lo impregna todo; porque sí, aquí también hay lenguaje. Y mucho.

El primer día me limité a observar. No vine como corrector —o eso me dije—, sino como visitante. Como tantos otros, me encontré rodeado de palabras que no terminaba de comprender del todo: levantá, chicotá, palio, parihuela… Son términos cuyo significado aquí se da por sentado, pero que, si no conoces este mundo, se te escapan entre los dedos. Solo hay que decírselo a los que han llamado costalero a un hombre de trono malagueño y han sido objeto de la ira de una ciudad, nacida de lo que se entiende ya no como ignorancia, sino como falta de respeto a la idiosincrasia de cada provincia.

Por lo que a mí respecta, a pesar de todo, no sentí que me estuviera perdiendo nada. Miré, escuché y guardé silencio cuando tocaba. Hice lo único que puede hacer quien llega a un lugar que no es el suyo: respetar. Y, si quería entender más, ya me tocaría después preguntar, leer o volver otro año.

Porque hay cosas que no están hechas para explicarse de inmediato. Ni falta que hace.

La Semana Santa es como es; lleva siglos siéndolo. No necesita adaptarse, simplificarse o traducirse para quien llega de fuera. Quien quiera comprenderla tendrá que acercarse a ella poco a poco, como se hace con todo lo que importa.

Y aquí es donde, inevitablemente, me traiciona el oficio. Mientras veía pasar un cortejo de nazarenos —impecable, solemne y perfectamente medido—, pensaba en lo distinto que es todo esto cuando hablamos de textos. Ahí rara vez hay tradición que valga o códigos heredados que el lector deba descifrar por su cuenta; tampoco margen para pensar que ya lo entenderá.

En corrección lo vemos a diario: textos llenos de buenas intenciones que, sin embargo, no se entienden. Y, cuando eso ocurre, la tentación es siempre la misma: mirar al lector. Que si no ha prestado atención, que si el tema es complejo, que si hay que leerlo dos veces… Pero no.

Un lector puede ser ajeno al tema del texto o carecer de contexto. Aun así, tiene que estar bien construido. A diferencia de una tradición, el texto tiene un fin comunicativo claro. Cuando ese fin no se cumple, no estamos ante un misterio: estamos ante un problema.

La Semana Santa puede permitirse no explicarse a sí misma; los textos no.

Quizá por eso aquí, entre procesiones y silencios, recuerdo algo que en el día a día se olvida con demasiada facilidad: no todo lo que no se entiende está mal en sí. Con todo, cuando se trata de un texto, casi siempre sí. Ahí, por mucho que estemos de vacaciones, seguimos teniendo trabajo.

Feliz descanso.


Publicaciones Similares