Foto: Yrene Villazana (Pexels)
El sábado pasado se casó mi primo más cercano y, aunque no soy yo precisamente amigo de las celebraciones multitudinarias, la ocasión merecía que hiciera de tripas corazón. Por eso, me vestí con mi único traje —más de invierno que de verano, para qué engañarnos— y esos zapatos resultones, pero rígidos como un mal jefe, que inevitablemente me aprietan cuando lo hace el calor. Nadie me pidió que hiciera nada más que brindar, saludar a parientes lejanos que siempre me invitan al pueblo, bailar (mal) y comerme el postre de otro cuando el camarero se despistara. Bueno, sí, en realidad me habían sugerido que hiciera una transferencia camuflada de regalo, pero ese es otro tema. Con todo, ahí estaba yo, a las 19:47, plantado delante del cartelito de bienvenida de la ceremonia, con el ceño fruncido.
El cartel decía: «Bienvenidos a nuestra Boda». Precioso. Sentido. Con una caligrafía impecable y una mayúscula que no pegaba ni con cola. Ahí empezó todo.
El minutero de boda no perdona
Cogí el papelito plastificado del orden de la ceremonia, el que te dan para que sepas cuándo sentarte y cuándo levantarte, y me encontré con un «halla» donde tenía que ir un «haya». Con los novios a punto de entrar. Miré a mi hermana, que me devolvió una mirada que lo decía todo: «No, Justi, no vas a sacar el boli ahora». No lo saqué, pero me costó. Me costó lo que no está escrito, nunca mejor dicho.
Llegó el banquete y, con él, el correspondiente menú, con una tipografía elegantísima y un «Solomillo de Ternera con Reducción de Vino Tinto, Guarnición de Patatas Panadera y sus Verduritas de Temporada» justo en medio. Tan tremenda retahíla de mayúsculas, acompañada de aquel «sus» colgado ahí, sin dueño claro, me tuvo distraído entre el primer y el segundo plato más de lo que me tuvo la conversación de mi mesa, que iba sobre hipotecas y en la que mi cuñado repetía con vehemencia la frase «¡A tipo fijo!».
El discurso que casi corrijo en directo
El momento cumbre llegó con el discurso del padrino, escrito a mano en unas hojas que se le caían de los nervios. Empezó con un «desde que se conocéis» y siguió con un «habían muchos bares, pero os tuvisteis que encontrar en el de Paco», que me hizo notar un vuelco por dentro. No fue el corazón, no; fue el instinto profesional, que en las bodas no entiende de vacaciones ni de barra libre.
No dije nada, claro. Aplaudí como todo el mundo e incluso me emocioné, porque el discurso era bonito de verdad, más allá de la concordancia. Sin embargo, por dentro tomé nota mental de todo; una nota mental larguísima, con subrayados y todo.
Por qué os cuento esto
Porque esto es lo que nadie ve del oficio: que la corrección es una forma de mirar el mundo. Un corrector no deja de serlo al salir de la oficina, ni en una boda, ni en la cola del supermercado, ni leyendo la carta de un restaurante (o el menú de una boda). Detectamos los errores, las incoherencias y las erratas aunque no queramos, igual que un músico oye cuándo algo está desafinado incluso si está de fiesta.
Aun así, esa misma noche aprendí algo más: el oficio no se apaga con facilidad, pero uno tiene que aprender que hay momentos y momentos. Que corregir es mi trabajo, no mi personalidad las veinticuatro horas del día. Ejercerlo depende, sobre todo, de que alguien me pague por ello, y aquella noche no me pagaba nadie.
Guardé el boli mental, dejé el «halla» tranquilo donde estaba y me dediqué a lo que de verdad importaba esa noche: bailar mal, brindar bien y celebrar que mi primo se casaba con una mujer fantástica. Las erratas seguirán ahí mañana, pero la boda no se repite. Y la vida no espera.
