Foto: Kaboom Pics (Pexels)
Cada septiembre pasa lo mismo en las papelerías, bazares e hipermercados: los escaparates y anaqueles se llenan de estuches sin estrenar, gomas que huelen a nuevo y esa carpeta que soñamos con mantener ordenada de una vez. Algunos, incluso, nos prometemos empezar de cero, como si el comienzo de un nuevo curso borrara el anterior en vez de continuarlo.
A mí también me tocaba esa parte del ritual, aunque con matices. Llevo años comprando cada vez menos bolis rojos, aunque no es porque haya dejado de corregir con el mismo rigor, sino porque cada vez corrijo menos sobre papel y más en pantalla. El boli rojo, para mí, se ha ido convirtiendo en una reliquia más simbólica que funcional, como esas calculadoras científicas que comprábamos religiosamente y que acababan usándose solo para la raíz cuadrada.
Y ahí está la trampa de septiembre: cambiar de herramientas no conlleva que deba cambiar el fundamento. Un texto sigue necesitando coherencia, que se sepa distinguir una errata de una decisión de estilo, y que alguien entienda por qué corrige lo que corrige y no simplemente que lo corrija. Eso no lo da ni el boli rojo ni el control de cambios (ni, ya que estamos, la inteligencia artificial, que ahora también anda «corrigiendo» textos por su cuenta).
Esa es justo la novedad de este curso: hay quien encara septiembre convencido de que una herramienta con IA lo va a reinventar todo, que ya no hará falta pensar tanto los textos porque para eso está ella. Y no. La IA es un estuche nuevo ni, desde luego, un cerebro nuevo. Ayuda, agiliza y, en más de una ocasión, da con algo que a un ojo cansado se le había escapado. Con todo, sobre coherencia, registro y contexto debería decidir quien lleva el criterio puesto, no la herramienta que se ha comprado esta temporada.
La reinvención de septiembre tiene su parte buena, no lo voy a negar: viene bien airear rutinas, revisar cómo se está trabajando y qué merece cambiarse. Sin embargo, de ahí a la reinvención absoluta, a tirar por la ventana lo que ya funcionaba solo porque hay una novedad brillante encima de la mesa, hay un trecho considerable. Ni todo lo viejo es un lastre ni todo lo nuevo es un avance; a veces es solo un estuche distinto para guardar el mismo boli.
Así pues, este curso, como todos, me lo tomo con estuche nuevo y criterio de toda la vida. La carpeta seguirá desordenándose a partir de octubre, más o menos como siempre. Y yo, con o sin boli rojo, seguiré pendiente de lo mismo: que el texto diga lo que tiene que decir (y lo diga bien).
