Foto: Craig Adderley
Todo empezó con la maleta.
La abrí con la intención de llenarla solo de cosas ligeras: ropa cómoda, protección solar y las ganas de cambiar de aires. Esta vez sí: nada de correcciones, nada de tildes rebeldes ni dudas existenciales sobre el dequeísmo. Solo descanso.
Pero, claro, una cosa es lo que dice la boca y otra, lo que mete la mano. Porque, sin darme cuenta, el equipaje empezó a llenarse de objetos sospechosos.
Ahí entendí la verdad: los correctores no hacemos la maleta; la justificamos. Aunque digamos que vamos a descansar, siempre se nos cuela algo de oficio entre los pliegues.
Lo que acabó viniéndose conmigo
Esto fue lo que realmente traje:
- Mi libro electrónico… con diccionarios integrados. Dos libros en papel no me parecían suficientes y, además, necesitaba saber que tenía recursos a mano si me surgían dudas con alguna lectura. Uno no se va a quedar sin hacer consultas solo porque estemos en julio.
- Una libreta pequeña de tapa dura. Dice la portada: «Notas», pero en realidad es mi particular compendio de errores estivales.
- Un boli rojo. Hay quien no puede salir sin gafas de sol o sin pendientes; yo me siento desnudo sin mi boli rojo.
- Gafas de lectura y gafas de sol graduadas. ¿Quién necesita prismáticos si puede detectar una coma mal puesta a tres hamacas de distancia?
- Una tote bag con el lema «Corrijo, luego existo». La compré en un arrebato; ahora forma parte de mi identidad veraniega.
Desconexión relativa
La verdad es que el hotel es idílico: instalaciones de ensueño, camas cómodas, limpieza espectacular y un personal fuera de serie. Aun así, esos anglicismos metidos con calzador hacen que el párpado derecho no deje de temblarme cada vez que me cruzo con uno.
Lo he intentado, de verdad. No obstante, me recuesto en la tumbona, cierro los ojos y, al abrirlos, me doy de bruces con ese cartel que dice «Reservado chill-out» (sin cursiva ni nada) en el chiringuito de la piscina. Sonrío; qué remedio. El alma correctora necesita vacaciones, pero no siempre está dispuesta a tomárselas.
Corregir en bañador
A pesar de todo, estoy logrando descansar. Duermo como hacía tiempo que no lo hacía, leo como el ratón de biblioteca que soy y corrijo mentalmente como siempre. Porque no importa cuántos kilómetros pongas entre el escritorio y tú: el instinto corrector siempre se cuela en la maleta, escondido detrás del aftersun y las chanclas.
¿Y tú? ¿Qué llevas «por si acaso» cuando te vas de vacaciones?
