Foto: Joaquín Reyes Ramos (Pexels)
—¿Y a qué te dedicas?
—Soy corrector.
—Ah, ¿y das clase de Lengua?
Es la conversación que más veces he tenido en mi vida y, al final, he acabado por sonreír cuando me la hacen. Primero, porque no es lo mismo. Después, porque quien me lo dice va menos desencaminado de lo que parecería en principio; veamos por qué.
Ya lo dejé escrito en otro artículo y lo repetiré las veces que haga falta: corregir no es dar clase de Lengua. No resolvemos dudas de pasillo ni repartimos aprobados y suspensos. Trabajamos con un texto concreto y las decisiones que tomamos suelen girar en torno a una pregunta concreta: ¿esto dice lo que quiere decir? La corrección es un oficio; enseñar a leer y a escribir a treinta criaturas a la vez es otro (y uno muy difícil, de hecho).
Hoy, 5 de octubre, es el Día Mundial de los Docentes, y he decidido aprovechar la efeméride porque siento que tengo una deuda. Los correctores tenemos al profesorado en gran estima y no por cortesía (ni porque algunos de nosotros simultaneemos ambas profesiones): casi todos los colegas que conozco empezaron a amar a lengua por culpa de alguien. Rara vez fue por un manual de gramática; casi siempre fue una persona quien encendió la chispa. Después de todo, un manual cuenta cómo funciona la lengua, pero un docente enseña lo que no cabe en un manual: que a alguien le importa. Y eso se pega.
Mi profesora de Lengua y Literatura Castellana del instituto leía en voz alta los viernes a última hora, cuando ya nadie atendía. Elegía un libro, leía despacio y, de vez en cuando, se detenía justo antes de una palabra. Levantaba la vista. Esperaba. Y los treinta y pico que estábamos en aquella aula mal climatizada intentábamos adivinarla.
Casi nunca acertábamos. Entonces ella leía la palabra de verdad y nos contaba por qué el autor había puesto «susurró» y no «dijo», o por qué aquel adjetivo estaba al final y no delante. Aquello no entraba en el examen ni tenía nota; es casi lo único que recuerdo con exactitud de todo curso.
Con los años he comprendido qué me dio: aquella profesora me enseñó a mirar dos veces; a entender que cada palabra de una página está ahí porque alguien la eligió y que pudo ser otra. Hoy, sigo haciéndolo, hasta el punto de que podría decirse que esa es la mitad de mi trabajo.
Cuando un texto ajeno llega a mi mesa (o a mi bandeja de entrada), repito sin querer el gesto de aquella profesora: me detengo antes de una palabra y espero a ver si la reconozco. Si no encaja, pregunto. A veces, su autor tiene una buena razón. Entonces la palabra se queda y yo aprendo algo.
La otra mitad de mi trabajo también viene de alguien. De otro profesor, este ya en la universidad, que no se limitaba a corregir y poner las notas en un tablón, sin que volviéramos a ver el examen; nos devolvía cada ejercicio sin un solo tachón y con el margen lleno de lápiz: «¿seguro?», «¿y si lo dices al revés?», «¿para quién escribes esto?». Tardé en agradecérselo, porque las preguntas molestan más que las correcciones. Con todo, ahí aprendí a leer con paciencia y a preguntar antes de tocar.
Por eso, cuando alguien dice que un corrector «arregla» textos, yo matizo. No arreglo nada con lo que traía de casa; trabajo con un oído y un ojo que me prestaron. Cada profesional de la corrección suele llevar a cuestas a alguien así: una profesora que se detuvo antes de una palabra, un profesor con un lápiz o las dos cosas.
Hoy no voy a corregir nada. Voy a hacer algo que se me da peor: dar las gracias. Si podéis, hacedlo vosotros también: mandad un mensaje, escribid una nota o haced una llamada a quien os enseñó a leer, a escribir o a entender.
Por lo que a mí respecta, hace unos cuantos años escribí a esa profesora de la que hablaba antes; encontré su perfil en redes sociales y no pude resistirme. Tardó dos semanas en contestarme, con tres líneas amables y una errata; no se la corregí.
No recordaba aquellos viernes; para ella habían sido viernes cualesquiera, a última hora, con una clase que no atendía. Pero Maya Angelou, muy sabia, dijo hace algunos años: «La gente olvidará lo que dijiste, olvidará lo que hiciste, pero nunca olvidará cómo les hiciste sentir». En mi caso, lo que sentí aquellos viernes creó tal poso que acabó por materializarse en una profesión que adoro.
Escribidles; si os responden y hay alguna errata en su mensaje, dejadla como está.
Feliz Día Mundial del Docente.
