Cuando el problema no era la tilde

Foto: acgence (Pixabay)

Vale, lo reconozco: he pasado la última tarde de vacaciones metido en la hemeroteca en vez de en la piscina. Cosas de superhéroes con vocación: cuando otros persiguen villanos, yo persigo comas fugitivas y párrafos que se creen más claros de lo que son.

En esta ocasión, me dio por buscar textos que alguien dio por buenos sin pararse a pensar en las diversas formas en que se podían entender. Encontré dos casos que se han ganado un puesto en este artículo por méritos propios, aunque, para variar, el protagonista no fue quien los escribió, sino el desastre que vino después.

El primero sucedió en Canadá, en un contrato de suministro entre dos operadoras de telecomunicaciones. Una cláusula decía que el acuerdo se renovaría automáticamente cada cinco años a menos que una de las partes avisara con un año de antelación. El problema, cómo no, estaba en una coma: según dónde se colocara, esa cancelación solo valía al final de cada periodo de cinco años, o podía activarse en cualquier momento dentro de él. Nada grave, solo la diferencia entre esperar un lustro o largarse cuando te apeteciera. El regulador de telecomunicaciones acabó fallando a favor de la lectura que permitía la cancelación anticipada, con un ahorro de dos millones de dólares canadienses para quien se benefició de ella. El caso se cerró comparando con la versión francesa del contrato, que sí era clara y zanjó la disputa. Antes de eso, sin embargo, un ejército de abogados y peritos lingüísticos se pasó meses discutiendo sobre una coma que nadie había mirado con el cuidado que merecía antes de firmar. Dos millones de dólares. Por una coma.

El segundo caso es más reciente y menos conocido, aunque no menos ejemplar. Un fabricante de dispositivos médicos de Estados Unidos tuvo que enviar una corrección urgente a hospitales de todo el país porque sus instrucciones de uso no dejaban claro un dato nada trivial: cuánto tiempo máximo podía estar el producto sumergido en líquido antes de perder las propiedades que garantizaban su seguridad. El dato estaba, pero la redacción abría más de una lectura posible; eso, en un documento que un profesional sanitario consulta con un paciente delante, es un riesgo enorme. No hizo falta retirar el producto del mercado, pero sí reeditar el documento entero y volverlo a enviar a toda la red de distribución, con el coste, el papeleo y el problema de reputación que eso entrañó.

Lo que tienen en común estos dos casos no es el sector, ni el país, ni el tipo de documento. En ambos casos, alguien escribió pensando en lo que quería decir, no en cómo se iba a entender. Ahí es justo donde entramos los que nos dedicamos a corregir textos: no «cazamos» tildes o erratas sin más, sino que nos enfrentamos a cada texto como quien no tiene ni idea de lo que el autor quiso decir y solo cuenta con las palabras que tiene delante. Ese ejercicio no lo hace cualquiera, no lo hace un corrector automático y tampoco lo hace nadie que llegue al texto con la ventaja —y la ceguera— de saber ya lo que quería decir.

Lo que sucedió en estos ejemplos es que nadie hizo una lectura completa pensando en quien la iba a leer después. Esa lectura, la que detecta lo que dos, tres o cuatro personas podrían entender de forma distinta, es exactamente el trabajo que muchos siguen considerando prescindible hasta que les sale por dos millones de dólares. O por una retirada de producto que por poco no llega a tiempo.

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