Vacaciones, verbena y un cuñado al que callar

Foto: Polina (Pexels)

Aunque yo soy más de disfrutar mis vacaciones en julio, este año tenía unos días libres en agosto y decidí irme al pueblo (que, además, estaba en fiestas y a mí no hay nada que me guste más que una buena verbena). Pero, claro, en cuanto puse un pie allí y me encontré con mi cuñado, no tuvo otra forma mejor de acompañar una caña que sugerirme que la IA me va a quitar el trabajo y coserme a preguntas tan alentadoras como si no debería ir pensando en reinventarme y cambiar de profesión. Así pues, tras aquel rato de incomodidad, decidí hacer la prueba yo mismo: probé a corregir algunos textos solo con inteligencia artificial, sin tocar el boli rojo.

Empecé con ganas de que me demostrara que los agoreros tenían razón, la verdad. Si la máquina lo hacía tan bien, a lo mejor sí que había llegado el momento de plantearme otra cosa. En parte debo decir que cumplió: detectó erratas y quitó algunas comas que sobraban, pero también metió otras donde no pintaban nada; por ejemplo, convirtió en explicativas oraciones de relativo que claramente eran especificativas. Eso, comparado con lo que vi después, fue lo de menos.

Lo que más me llamó la atención fue lo que la IA ni se planteaba. En ningún momento se preguntó si el texto, en conjunto, decía lo que yo quería decir, ni si el tono encajaba con quien lo iba a leer. Corregía frase a frase, como si cada oración viviera aislada de las demás.

Ahí caí en la cuenta de algo: un corrector no aplica una norma y ya está. Cuando se decanta por algo, decide si ese algo sirve para lo que el texto persigue. Eso, de momento, ninguna máquina lo hace.

Además, hay otra cosa que casi nadie tiene en cuenta cuando le pide a la IA que le haga una «revisión rápida» de un texto: las respuestas no aparecen por generación espontánea. Detrás hay servidores funcionando, consumiendo electricidad e ingentes cantidades de agua para refrigerarlos. No damos importancia a ese texto que nos aparece en pantalla porque no vemos lo que hay detrás de ese gesto aparentemente inocuo que es pulsar Intro; sin embargo, ese Intro conlleva una factura energética e hídrica que no resulta tan evidente. Cuando se multiplica por los millones de consultas diarias en todo el mundo, la cosa deja de ser tan inocente.

Por todo ello, mi conclusión fue que, sí, la IA quizá puede echarme una mano en un primer repaso (tampoco me voy a poner en plan tecnófobo y ludita porque no es mi estilo), pero el criterio editorial, el que decide qué necesita realmente un texto, sigue siendo terreno mío. Así que, cuñado, si me lees: mi trabajo sigue aquí. Lo que sí voy a reinventar es la excusa para no tomarme otra caña contigo.

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